Un hombre acepta la maldición de un brujo porque le dará vida eterna si puede seguir drenando la fuerza vital de otros seres vivos a través de sus dedos. Los vecinos perciben su maldad y lo amenazan con dispararle si no se va. Se quita los guantes para defenderse y su esposa se interpone entre el pistolero y su esposo, rozándole la mano. En cuestión de segundos, ella se pudre hasta desaparecer. Arrepentido, el hombre permite que su fuerza vital almacenada se agote para que finalmente muera.
Publicado: marzo de 1977
Escritor:George Kashdan
Dibujante a lápiz: Don Perlin